sábado, 9 de octubre de 2010

The little doll (por Estefania, Quillota)


Como todos los días, se encontró de pronto mirando por la vitrina. Miraba a las personas, en sus idas y venidas, sus caras lánguidas, desganadas, los adultos yendo de la casa al trabajo y del trabajo a la casa; miraba a los niños haciendo travesuras o algún perro ladrando; a veces podía distinguir aves, palomas principalmente.

Se acomodó lo mejor que pudo y siguió mirando. Poco a poco la tienda fue tomando vida. A pesar de ello, sentía que, con el paso de los años, menos gente visitaba el almacén.

Ya no recordaba la fecha en que había llegado. Tenía lejanos recuerdos de felices momentos vividos en Francia, tal vez Italia. Tuvo hermosos vestidos y era tratada con suma delicadeza. Todos le servían, la atendían, la mimaban. Había perdido la cuenta de los años que ya habían pasado. Su vida en esos lugares parecía tan remota, ajena, irreal.

No solían llegar muchos clientes, por lo que poco se preocupaba de ellos en realidad. En un par de oportunidades se le habían acercado unas niñas, pequeñas damitas: la habían quedado mirando, pero no se atrevieron a hacer nada más que eso. También más de algún matrimonio hizo el amago de tomarla, pero su cara triste, su impecable vestido, la piel tan pálida, y su cuerpo pequeño, daban la impresión de que con solo un vistazo podría romperse: no era precisamente un juguete.

En una ocasión se acercó un joven, bastante apuesto y decidido: la tomó en sus manos, la miró por unos momentos, apreció el vestido y los finos rasgos del rostro. Pero así sin más, la devolvió a su atril.

Ya creía que se quedaría por siempre en la tiendita, cuando una figura bastante peculiar apareció. Era una joven ataviada con extrañas vestimentas: en lugar de los pomposos faldones que solían usar las caprichosas damas que entraban al lugar, esta llevaba unos pantalones, cual mozuelo jugando en la placita; una chaqueta larga y azul; una camisa ajustada, tanto como cualquier corsé; unas botas largas, sombrero y espada al cinto completaban el atuendo. Por un momento recordó a los piratas que tiempo atrás le habían descrito unos antiguos Ducados.

La joven recorrió todo el lugar con la vista, como buscando algo en particular. Para su sorpresa, parecía buscarla a ella, a la pequeña muñeca. En verdad no se sentía muy halagada de que semejante criatura se le acercara. Acostumbrada como estaba a la seguridad de la tienda, y en su memoria, el recuerdo de una gran habitación en la cual tenía un lugar especial y reservado, siempre bien cuidada por numerosas damiselas, veía en esta mujer una amenaza para su
estabilidad. La tomó en sus manos, con tanta delicadeza que sorprendió a la muñequita, que la imaginaba tosca y sin cuidado, y la miró llena de felicidad, como si apreciara un tesoro perdido.

Fue entonces que la muñequita pudo reconocerla: si bien los años habían pasado, seguía manteniendo la misma mirada vivaz e inquieta, pero ahora con un matiz más profundo, de quien ha viajado y vivido lo suficiente como para buscar descanso.

Abrazó a la muñequita y tiró una bolsa con monedas sobre la mesa de la vendedora. Esta tuvo la intención de reprocharle, pero al ver que eran monedas de oro, guardó silencio.
Y así sin más, la joven se llevó a la muñequita. No se sabe si la llevó a viajar por el mundo, en busca de más aventuras, pero parece una vida poco agradable para una muñequita tan delicada; o quizás viajaron de regreso a la antigua casa, ya sea en Francia, en Italia, o el país que fuese. Solo se ha dicho, que muchos años después, cuando ya la joven había llegado a una edad bastante madura, se le vio ir al puerto, por última vez, llevando en sus brazos solamente a la pequeña muñequita. Y se perdió en el mar.


2 comentarios:

  1. Compañeros.
    Les Invito a http://locoysabio.blogspot.com

    Espero les guste.
    Bendiciones. Namarië

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