martes, 27 de julio de 2010

De Partida por Natalie Israí (San Felipe)



Esa noche helada de principios de agosto en Santiago de Chile, subiendo la escalinata del aeropuerto Arturo Merino Benítez; a nadie le llama la atención. Viste un abrigo largo, negro… tan negro como su pasado. En la mano derecha, la única acompañante que lleva, una maleta un tanto pequeña y vieja para tan largo viaje. Bajo un sombrero que mantenía enredado su cabello, en su mente daba vueltas una cierta especie de desilusión ingrata, y, a la vez, bien fundamentada: creía que nadie, o por lo menos gran parte de la gente que de verdad se esfuerza por lograr sus metas, se queda de brazos cruzados, mirando cómo se le escapa la vida sin cumplir sus sueños.
Y eso era justamente lo que iba a hacer, alcanzar un sueño de posibles y supuestos, de ilusiones con melodías que anhelaba desde que era joven, aunque sabía que el cumplir tal esperanza le acarrearía dejar atrás una familia que todo se lo recriminaba, uno que otro amigo simpático al que llamaría de vez en cuando, otra amiga, que se embarcaría luego en un viaje como el suyo (si es que ya no lo había hecho, por supuesto). Recordaba que varias veces lo habían conversado bajo cielos celestes y nubes llenas de tumores de olvido; cielos que se incendiaban a eso de las siete, bañando sus tertulias de ceniza… Nunca más la volvió a ver.
Pero no tenía pena, imposible sentir algo así en esos instantes tan suyos, su corazón latía cada vez con más ganas, tenía la sangre caliente y los pies y manos helados, las mejillas rojas y una emoción tan dulce; y en la boca un sabor amargo de rabia hacia la gente que dejaba atrás en ese país donde todo se hace a medias, así los ojos se le iban irrigando de sangrienta angustia “me cansaron estos desgraciados y aunque me moleste sentir esto sé que es lo mejor para todos. Son un grupo de palabras que pasan los límites de lo decoroso que me cansan tanto me casan me cansan me cansan me hacen vomitar. Si ni los poetas se limitan a putear lo puteable, suena feo soez o como quiera llamársele y antes de irme que sepan que son unos grandísimos hijos de la puta que los parió unos mierda de personas… no merecen nada de lo que se les da, mediocres en todas sus formas, buenos para nada, parásitos mundiales, básicos, fomes. Me voy, me voy me iré me escapo y no sé si volveré mañana”; murmuró entre dientes.
La mandíbula le quedó tan adolorida que sólo atinó a llevarse la amoratada mano vacía como compresa para su acalorada ira.
“Pasajeros del vuelo 58 con destino a Francia, favor de abordar el avión por el andén internacional 1B”. Abrió los ojos, había llegado justo al ansiado momento, el corazón ya no daba en sí de tanta alegría, lo sentía latir en sus labios, el sonido retumbaba en su cabeza, todas las ideas cargadas de rencor se fueron evaporando en cada paso hacia la fila de gente que sacaba y mostraba su pasaje ante una azafata bien peinada y muy sonriente.
¡Qué fila más eterna!
… Dos personas delante suyo… qué eternidad bombeante, una… por qué tanta demora… por fin, por fin…
-Espere un momento por favor- le dice la perfecta azafata que toma el teléfono y habla secretamente con alguien, le mira de reojo… “pero, pero, ¡qué está pasando! ¡ay Dios mio!”. Se acercan dos guardias, las manos le comienzan a sudar y a temblar.
-Disculpe usted, ¿nos puede acompañar hacia afuera?-. Su mente sólo repetía el eco de esas palabras sin sentido, convergían a sus recuerdos imágenes de la torre Eiffel (que había visto en fotografías y vídeos), del Arco del Triunfo, de un café con tartaleta de arándanos y frambuesas, el portal de aeropuerto, la feliz azafata y su sonrisa de muñeca plasticómica y falsa…
No se opuso a la salida, le llevan de los brazos cual peligroso criminal, en ningún momento soltó la maleta, no grita, no habla, parpadea rápidamente, el miedo rodeaba su cuerpo, los nervios le comen el cerebro.
Sentía las miradas de la gente que tanto aborrecía sobre sí, qué locura estaba ocurriendo, qué suerte de mala jugada le estaba haciendo la vida. Le dejaron afuera, en la gran puerta de vidrio, sobre las escalinatas de la entrada, sin explicaciones, ahogándose en dudas, pena y desesperación. Nunca atinó a decir algo, aceptaba calladamente la vergüenza que le hacía pasar el destino.
El administrador del aeropuerto, un hombre muy bondadoso y de ojos redondos radiantes de ternura, que en ese instante estaban concentradamente abiertos, atentos a cada movimiento de lo que sucedía, observaba desde el tercer piso la salida de esta intrigante persona de abrigo negro y sombrero, figura desvencijada y de tez tan demacrada por el cigarro, se le notaba lo del vicio:
-¿Se opuso?- dijo gravemente,
-No señor-
-Al menos ahora no grita como si le matasen, si vuelve, ya saben qué hacer … ¿dónde está?, ¿se fue?
-No señor, no se ha ido, sigue ahí en la puerta de entrada, de pie, no ha movido ni un solo músculo, nada-
-Mmm, triste situación la suya- y miró hacia el techo como buscando una respuesta entre las manchas de las moscas que revoloteaban la oficina de vez en cuando-cómo es que vuelve por tantos años y sigue haciendo lo mismo, nunca compra pasaje, nunca trae más equipaje …no entiendo-.
En tanto, se quedó allí bajo el amparo de una noche de estrellas invisibles, sobre el concreto extraño de la cuidad, atrás de un sueño hecho pedazos, delante de los matices del silencio, con la maleta vacía en su mano derecha que esperaba ser llenada de libros y “souvenirs”. Unas lágrimas tristes caían por sus mejillas, la nariz fría en ese noctámbulo horario de agosto, seguía pensando en la suerte de los malnacidos y en la desdicha de los triunfadores que no se alegran por sus premios.
Un perro que pasó frente a su oscura silueta, le meneó la cola, le lamió la gélida mano sudada. Despertó entonces del penoso trance, miró a la cosa peluda que pedía su cariño alegremente, lo observó de cerca, le acarició el lomo, le rascó la cabeza ¿perro o perra?, daba lo mismo; estaba rodeado de tibieza, como esos cafés dulces que tantas veces compartió con ella, la de apodo extraño y gracioso, la misma que nunca más volvió a ver. “ Te quiero tanto cachorro tonto” susurró, y tornó a llorar…

2 comentarios:

  1. :O tienes el destino en los viajes!!!
    como un ulises que ahora toma aerolíneas para llegar a su destino!! pero igual se pierde!!! :O

    ResponderEliminar
  2. Es una lastima que ese personaje que con carácter de poeta no pueda cumplir su anhelo de viajar a Francia para encontrar lo que no ha podido conseguir en su propio lugar y con su propia gente. "Si ni los poetas se limitan a putear lo puteable, suena feo soez o como quiera llamársele y antes de irme que sepan que son unos grandísimos hijos de la puta que los parió unos mierda de personas… no merecen nada de lo que se les da, mediocres en todas sus formas, buenos para nada, parásitos mundiales, básicos, fomes. Me voy, me voy me iré me escapo y no sé si volveré mañana" todos buscamos algo en la vida, de qué escapa este hombre ...

    Me gusto el final, donde un perro aparece más fidedigno y humano que los hombre o como esos guardias de aeropuerto(uniformes) que llevan al silencioso ser fuera de su sueño.

    Un abrazo Natalie Israí, a rememorar la escritura con sentido.

    ResponderEliminar